V – MI JUVENTUD – MANUEL Y YO

Pasaron dos meses, y yo continuaba con mis estudios pues faltaban unos meses para terminar mi  primer año de la escuela Normal. El Teatro “Principal” que antes mencioné seguía operando,  presentando revistas musicales, artistas, comediantes, bailarines, cantantes, etc. Las funciones eran  todas las noches, de lunes a viernes, empezando a las 8 de la noche, el sábado empezaba a las 5 de la  tarde y terminaba a las 11 de la noche, y los domingos era permanencia voluntaria desde las 3 de la  tarde. A mi hermana Elena siempre le había gustado mucho ir al teatro, lo mismo que a mí, por lo que  nos acompañábamos para ir seguido, por no decir que todos los días, aunque no nos quedáramos  hasta que terminaba, porque ya era muy noche, y yo tenía que ir al día siguiente a la escuela. El teatro,  que con el tiempo convirtieron en cine, nos quedaba relativamente cerca, unas 6 ó 7 cuadras de la casa,  por lo que podíamos ir y venir caminando; los sábados nos íbamos desde las 5 de la tarde y los  domingos desde las 3 que empezaba; ya éramos conocidas de todos los artistas que trabajaban ahí,  con decir que ya teníamos separados nuestros lugares en los asientos de adelante.  

Un día se le hace un beneficio a una artista cantante, Lupita Fernández, y por supuesto ahí estábamos  presentes, sentadas adelante, por lo que podíamos ver muy de cerca de los artistas, entre los que  estaba Manuel Gámez “El Barón Azul”, que empezó a cantar la hermosa canción “Júrame” de María  Greever, pero en esos momentos Carmen y yo nos levantamos para ir al camerino de Lupita a que nos  autografiara una foto de ella que nos habían regalado ahí en el teatro, y yo veo cómo Manuel nos sigue  con la mirada; llegamos con Lupita, nos firma la foto, y regresamos a nuestros lugares. Ya se había  hecho una buena amistad con Lupita y su mamá Doña Josefina, que todos los días la acompañaba al  teatro y se quedaba sentada con nosotros; cuando termina la función, Lupita va por su mamá y me  comenta que Manuel le había preguntado acerca de mí, si me conocía, quién era yo, dónde vivía, a lo  que ella le contestó nada más que sí me conocía.  

Arriba del Teatro y Cine “Florida” situado en la Calzada Madero, estaba la estación de Radio XEMR, y  todos los días, a las cinco de la tarde, había un programa de aficionados conducido por Raúl Sanbernal.  Cuando salíamos temprano de clases, nos íbamos al programa de radio un grupo de compañeras del  salón, Gloria Lozano, Edna de la Garza, Enriqueta Turanzas, Oralia Mireles y yo, y algunas de nosotras  participábamos en el programa; ahí conocimos a muchos locutores, entre ellos Eulalio González, El  Piporro, que entonces nada más era locutor antes de irse a México y convertirse en el reconocido actor  de cine. Íbamos seguido al programa, y en una de esas tardes llega Manuel Gámez acompañado de  Pedro H. Cantú, otro locutor; ambos trabajaban para la estación radiodifusora XEH del Ingeniero  Constantino Tárnava y habían ido a la MR porque andaban buscando voces femeninas para una  pequeña participación, un diálogo dentro de un nuevo programa llamado “Ellas y nosotros” que iban a  empezar en la XEH. Cuando Manuel me ve, se sorprende, yo creo que no esperaba verme ahí;  inmediatamente camina hacia nosotros, nos saluda y se presenta, luego se acerca Pedro H. Cantú y  comienzan a contarnos lo referente al programa que estaban haciendo; nos escogen a Queta Turanzas  y a mí, y nos citan para el día siguiente a las 5 y media de la tarde, en la XEH para hacer una prueba de  voces. 

Ese día de la cita todo se puso de buen modo, pues no tuvimos la última clase y salimos a las 4 de la  tarde, así es que nos fuimos caminando despacio hasta la XEH, que estaba ubicada en la esquina  sureste de Padre Mier y Guerrero, con la entrada por esta última calle; nos acompañaba mi siempre  amiga Gloria Lozano. Ya nos estaban esperando y nos reciben muy atentos, sobre todo Manuel  conmigo; nos pasan a un estudio, nos dan unos papeles con el díalogo que íbamos a hacer, y ellos en  la cabina nos escuchaban. Todo salió muy bien entonces, pero cuando supimos que el programa estaba planeado para salir todos los días y a esa hora, Queta y yo dijimos “muchas gracias, pero no podemos  aceptar”, porque nuestros estudios eran lo primero y ya estábamos a unos dos o tres meses de terminar  el primer año, por lo cual teníamos que dedicar el mayor tiempo posible a estudiar. Aunque no  habíamos aceptado participar, como quiera de vez en cuando asistíamos a ver el programa de la XEH;  el estudio era grande y el programa muy bueno; Manuel cantaba con la orquesta, había muchos  concursos, regalos y mucho público, del cual la mayoría por supuesto eran muchachas, Cuando íbamos  nos traíamos regalos sin tener que participar en los concursos, porque eran regalos que Manuel nos  hacía. 

Así pasaron unas cinco o seis semanas, y una tarde, a la salida del programa, Gloria mi amiga se va a  su casa y Manuel me acompaña a tomar el camión; en la esquina, esperando el camión y platicando me  dice que si quiero ser su novia, que está enamorado de mí “no me contestes en este momento,  piénsalo, tómate el tiempo que quieras para darme la respuesta, al fin y al cabo nos seguiremos viendo  cuando vayas al programa”. Ya en la casa le comento a mi mamá y a Elena lo de la declaración de  Manuel, y mi mamá dice: “tú sabes, nada más ten cuidado pues tienes poco de conocerlo”. Me dio su  permiso, pero advirtió que salir sola con él, ni pensarlo. A los diez días le dic la contestación; fui al  programa y a la salida me acompañó a tomar el camión; fue entonces que le dije que aceptaba ser su  novia. Iba yo al programa de vez en cuando, y al terminar me acompañaba hasta la casa. Mi mamá ya  le había comentado a mi papá que yo traía novio, para que estuviera enterado, pero él no lo conocía;  cuando yo no iba al programa, Manuel iba por mí a la Normal y me acompañaba a la casa y se quedaba  un rato nada más, para luego regresar a la XEH a trabajar, pues tenía sus horas fijas frente al  micrófono; él se iba y yo hacía mi tarea, cenaba, y luego ponía el radio para escucharlo anunciar,  siempre dedicándome canciones hermosas; salíamos, sí, pero siempre acompañados de Carmela o de  alguien; íbamos a pasear, a cenar, al cine o al Teatro Principal algún sábado o domingo en la tarde; uno  de esos domingos, estando en el Teatro, volteo hacia atrás y a mi espalda estaba sentado Raúl, mi ex  novio ¿cómo supo que yo estaba ahí? Lo ignoro, y así fueron varios domingos; a veces lo veía fuera de  la Normal, y después poco a poco dejé de verlo, fue ese tiempo cuando perdió el año escolar. 

Al término del primer año de Normal, fui a pasar las vacaciones a casa de mi hermano Juan Manuel en  la ciudad de México, pues era entonces el Secretario General de los Mineros de toda la República; era  la primera vez que yo iba, y la pasé muy feliz y contenta, pues salíamos casi todas las tardes al cine,  fuimos a Toluca, Pachuca, Tepozotlán, Desierto de los Leones, Xochimilco, Chapultepec, a conocer la  ciudad y otros lugares más. Recibía carta de Manuel dos veces a la semana y yo le contestaba luego  luego; recuerdo que cuando Juan vino por mí nos fuimos en el tren, y creo que antes de llegar a San  Luis las vías estaban obstruidas porque un tren de carga se había volcado; nos quedamos ahí  detenidos muchísimas horas; a ratos nos bajábamos a caminar y a ver lo que pasaba; se acabó todo lo  que traía el tren para el carro comedor; comida, dulces, sodas, cervezas, nada quedaba; al fin de  muchas horas llegó una máquina y los hombres de las cuadrillas empezaron a trabajar y al fin  enderezaron el vagón volcado y lo remolcaron con la máquina, despejando así la vía para que nosotros  pudiéramos seguir el viaje.  

Llegamos a México, y por esos días llega también Gersumina, a quien llamaban por cariño Mini y que  era hermana de mi cuñada Chelita, y ahora ya salíamos las dos al centro y a otros lugares porque ella  era unos años mayor que yo. Una noche en que Juan Manuel y Chelita salen, Mini y yo nos quedamos  con Linda, la hijita de ellos; estábamos oyendo radio y platicando y la niña se queda dormida y la  llevamos a acostar a su cama, quedándonos luego en la sala las dos; entonces Mini saca una botella de  vino Fundador, de las que tenía mi hermano y me dice “tiene tantas que no lo va a notar”, respondiendo  a mi insistencia de que no lo hiciera, que Juan Manuel se iba a enojar; saca dos copas y me dice  “vamos a tomar una copita” a mí que en mi vida había probado la cerveza que tomaban mis mamás,  mucho menos el vino; se sirve ella una copa y me sirve a mí otra, yo le digo que no quiero, pero tanto insistió que me la tomé y con esa tuve, pero ella se sirvió dos copas más. Pusimos unas almohadas en  la alfombra de la sala, nos acostamos y nos quedamos dormidas; no supimos a qué hora llegaron Juan  Manuel y Chelita, y en la mañana al despertar vemos que los sillones de la sala estaban corridos  pegados a nosotras; no nos podíamos explicar lo que había pasado, y luego nos enteramos que durante  la noche había habido un gran temblor de tierra, pero cómo estaríamos que no nos dimos cuenta ni  sentimos nada; yo me había quedado profundamente dormida pues como les decía, no estaba  acostumbrada a beber nada de licor, y por supuesto, Juan Manuel se dio cuenta que habíamos cogido  una botella de vino, la cual Mini había guardado ya empezada junto a las demás que estaban nuevas.  Mi hermano nos llamó la atención, pero al mismo tiempo fue bueno que nos hubiéramos dormido  porque, ¿se imaginan haber sentido el temblor estando Mini y yo solas con la niña? Por algo pasó lo  que pasó. Regresé de México sola, pues Mini ya se había regresado antes, y Juan Manuel no pudo  acompañarme por su trabajo; me instaló en el tren en el Pullman y me dio dinero para mis gastos. A mi  llegada a Monterrey estaba Elena mi hermana y Manuel esperándome en la estación del ferrocarril; yo  estaba feliz de mis vacaciones y de haber regresado a Monterrey; había aumentado dos o tres kilos. 

Hago mi inscripción para ingresar al segundo año de Normal, y en septiembre empiezan las clases y  ese mismo año empiezo a trabajar como maestra en la escuela “Abelardo L. Rodríguez”; para mí, fue  algo hermoso, pues ahí estaban todavía mis maestras, las que yo tuve en quinto y sexto año, y el  director de la escuela era el mismo que estaba cuando yo había sido alumna, el Profesor Clodio  González Beltrán; imagínense, estar dando clases yo en la misma escuela donde terminara los últimos  años de la Primaria; además, la mayoría de los maestros de ese tiempo estaban también allí todavía,  así es que me sentí muy en confianza para trabajar. Me asignaron el Segundo Año, y recibí de mis  maestros, ahora compañeros, mucho apoyo porque me guiaban en todo. 

Termina el año 43 y Manuel y yo seguíamos de novios; yo trabajando, daba clases mañana y tarde, y a  las 5 él iba por mí cuando podía, y de ahí nos íbamos a la Normal, donde mis clases empezaban a las 6  de la tarde para terminar a las 10 de la noche. Cuando salía ya estaba Manuel esperándome en la  esquina de la Escuela, pues él anunciaba en la radio de 7 a 9 de la noche y le daba tiempo de ir por mí;  tomábamos el camión para ir a la casa y nada más me dejaba y se regresaba. Yo cenaba, estudiaba un  poco, y a dormir hasta el día siguiente que empezaba la misma rutina. A veces salíamos los sábados y  domingos, al cine, a dar la vuelta al centro, al Teatro Principal, y si no salíamos, nos quedábamos  platicando en la banqueta de la casa, al fin que mi papá ya sabía del noviazgo. Manuel me traía  serenata muy seguido cantando él mismo, y mi papá me decía “ese gallito, con la cantada no te va a  mantener”, y yo nada más me reía. 

En marzo del 44 muere mi abuela Libradita; mi mamá ya se encontraba en San Buena desde unas  semanas antes porque le habían avisado que Mamá Lita se encontraba enferma. A los ocho días  después de fallecida mi abuelita nos vamos para allá Gloria, su esposo y yo; recuerdo que llevaban a su  primer bebé, Fernando, que tenía dos meses de nacido. Estuvimos unos días, luego nos regresamos  todos con mi mamá. Unas semanas después muere Don Francisco, el papá de Manuel, y yo me entero  de esto por un compañero de la Normal que era maestro de Paco, un sobrino de Manuel, quien le había  dicho que su abuelito había muerto, y mi compañero me lo comentó porque sabía que Manuel y yo  éramos novios. Le pedí entonces a Elena acompañarme a la casa de Manuel, pues yo no conocía a  nadie de su familia; pero cuando llegamos a su casa ya habían regresado de sepultar a Don Francisco;  los acompañamos entonces un rato, luego Elena se regresó a la casa y yo me fui a la Normal. 

Por ese tiempo empezó a frecuentar la casa de mis padres mi primo Francisco Altamirano, hijo de una  hermana de mi papá, que era ingeniero y lo habían cambiado de la ciudad de México a Monclova para  hacerse cargo de Eléctrica Monclova, por lo cual venía seguido a Monterrey pues estaba cerca; como  traía carro, a veces se venía el fin de semana a quedarse en casa de su mamá, mi tía Lola, que vivía en esta misma ciudad, pero venía a visitarnos y salíamos a pasear con él. En junio de ese mismo año, en  una de esas visitas a Monterrey, de regreso nos vamos con él mi hermana Elena, Manuel y yo. Paco y  Manuel se quedan en Monclova y Elena y yo nos vamos a San Buena con mis tías Trine y María, pues  mi tía Ofilia ya vivía en Monclova. En esos días también se casa mi prima Toya, la hija de mis tíos Lupe  y Rosa, y me animan mis tías a que vaya a la boda; me animo y voy, pues iba a ser en la casa de mis  tíos, donde había estado yo aquellas vacaciones del año 42; me dio mucho gusto volver a ver mis tíos,  a los primos Lupita, Ramiro y Horacio hermanos de la novia, a mis tíos Jesús y Elodia, y a sus hijos  Lidia, Carlos y Chuy; ví a Licha Gutiérrez y a casi toda la familia por parte de mi mamá. Después de dos  años de no vernos, todos estábamos muy contentos de volver a estar juntos; la boda fue muy linda y la  disfruté muchísimo; mis tíos querían que me quedara unas semanas con ellos, pero les dije que no  podía porque tenía que trabajar, y teníamos que regresarnos a Monclova, a casa de mi tía Ofilia que ya  nos estaba esperando; les dí las gracias y les dije que me había dado mucho gusto el haber estado con  ellos, lo cual era cierto. Al día siguiente nos regresamos a Monclova en donde los días que nos  quedaban fueron de salir a pasearnos todos, mi tío Alejandro esposo de mi tía Ofilia con Luis y Nelly  hijos de ellos, Elena, Manuel yo, con mi primo Paco Altamirano. 

Elena, Manuel y yo nos regresamos a Monterrey en el tren, y Paco se quedó en su trabajo. Él seguía  viniendo seguido a visitar a mi tía Lola y a nosotros, y nos íbamos siempre a pasear en su carro. En una  ocasión nos invitó a Elena y a mí a ir con él a El Álamo; Manuel estaba trabajando y le dejé dicho con  los papás de mi cuñado, el esposo de mi hermana Gloria, a quienes él ya conocía, que por favor le  dijeran que nos habíamos ido a El Álamo; cuando regresamos, Manuel ya me estaba esperando y lo  encontré muy enojado porque no lo había esperado; le dije que yo no sabía que él iba a salir temprano  de anunciar, además de que a la hora que yo regresé era la hora en que quedamos de vernos; aparte,  no había salido ni con un desconocido ni sola con él porque Elena también había ido; yo no le veía nada  de malo el haberme ido a pasear, pero Manuel estaba muy celoso. Terminando casi el año 44, Doña  Florencia, la mamá de Manuel, compró una casa exactamente una cuadra atrás de donde vivíamos  nosotros y se cambian para acá a la Nuevo Repueblo, por lo que ya nos podíamos ver más seguido  aunque como quiera pasó algún tiempo para cuando yo fui a la casa de Manuel. 

Yo seguía con mis estudios. En septiembre de 1944 ingreso ya al tercer año en la Normal y continúo  dando clases en la Escuela “Abelardo L. Rodríguez”. Una de las maestras que había ingresado a  trabajar en la misma escuela, pero que había terminado su carrera tres o cuatro años antes, me  pregunta un día que si yo era novia de Manuel, porque veía que iba por mí. Yo le contesto “sí, ya  tenemos año y medio de ser novios, ¿por qué me lo preguntas?” y me contesta que ella fue novia de  Manuel también; a partir de ahí no me veía con buenos ojos, pero yo no tomaba en cuenta lo que me  decía, pues sabía que lo hacía por molestarme. Manuel seguía en su trabajo a donde a veces yo lo  acompañaba, e iba a verlo también cuando hacía alguna presentación especial; un domingo se  presentó en la Quinta Calderón que era un paseo familiar famoso en su tiempo, y ahí alternó con el  cantante Paco Vargas y con otro tenor, en una especie de competencia en la que el público iba a  escoger al ganador y el premio eran 50 pesos. Manuel ganó el premio y yo me sentí muy contenta y  emocionada. En esa ocasión me acompañó mi tía Ofilia, hermana de mi mamá. 

Manuel tenía una gran actividad profesional en el medio de la radio. Programas en la XEH “Miércoles de  buen humor” donde cantaba acompañado de la Orquesta de Don Alejandro, o acompañado en otros  programas del compositor Fernando Z. Maldonado o de Luis Pérez Gil; Manuel fue el que inició en la  radio los programas en los cuales el público pide por teléfono que le dediquen alguna canción, el  programa se llamaba “Complaciendo gustos”. Tenía programas con “Los Montañeses de El Álamo”,  hacía transmisiones a control remoto, grababa anuncios y en fin, tenía mucho trabajo pero siempre  disponíamos de tiempo para vernos y pasarla muy bien y muy felices.

Las navidades y el día último del año siempre la pasábamos en la casa con la familia; recuerdo que  cuando era niña, mi papá, mi mamá y Elena eran los encargados de arreglar y adornar el pino de  Navidad; en aquellos tiempos no había árboles artificiales y la navidad se anticipaba con el olor fresco  del pino llenando la sala y esparciéndose luego por toda la casa. Mi papá nos mandaba a comprar brea  la cual ponía a derretir en la lumbre, y antes de que se enfriara, con un tubito de carrizo, como si fuera a  inflar globos, soplaba sobre las ramas del pino la brea derretida que al enfriarse semejaba carámbanos de hielo transparente que luego, con las luces brillaban de una manera hermosa. La cena de Navidad la  preparaba siempre mi mamá ayudada en algunas ocasiones por mi papá, En la Noche Buena, primero  se quebraba la piñata, luego se servía la cena, había dulces, golosinas, se entregaban los regalos, y a  dormir nosotros los niños para poder recibir a Santa Claus con los juguetes y el 25 irnos a pasear. El día  último del año, mi papá preparaba plato frío para la cena, y en otros años mi mamá preparaba bacalao.  Nosotros nos acostábamos a la hora normal, y al dar las doce de la noche mi papá nos despertaba para  cenar toda la familia junta. Ya mayores, seguíamos celebrando todo igual, pero en Navidad se  preparaban también grandes cantidades de tamales y buñuelos, dulces, piñata, regalos, repostería, etc.,  lo cual quedó como tradición por muchos años para hacer las delicias de los hijos y nietos de esta  familia. Año con año se ponía el árbol de Navidad que era una tradición. Mientras fuimos novios, Manuel  se pasaba esas fiestas con su familia, pues todavía no tenía la entrada a la casa. 

Recuerdo que en el año 42 vinieron a pasar la navidad y el año nuevo aquí en Monterrey un primo del  esposo de Gloria mi hermana, y se hospedó en la casa de los papás de mi cuñado; se llamaba Manuel  Sáenz y estaba por irse a Europa a unirse al ejército norteamericano para combatir en la Segunda  Guerra. Lo acompañaban otros dos muchachos, y los tres eran ciudadanos norteamericanos pero de  padres mexicanos; tuve oportunidad de platicar mucho con ellos y hacer una muy buena amistad; esos  días los pasaron muy felices y contentos y yo también. Andaba entonces muy de moda y se tocaba  mucho la canción “Despedida” que cantaba Daniel Santos, la cual hace alusión a un muchacho que se  va a ir a la guerra. Del primo de mi cuñado no sé si murió en combate o regresó a los Estados Unidos y  ahí murió, lo que sí me queda de él es una carta que me envió tan pronto se fue de Monterrey, donde  me pedía ser su novia; nunca le contesté esa carta que aún conservo como un recuerdo de esos años  de mi juventud. 

La guerra seguía. Era 1944 y se batallaba mucho para conseguir prendas de nylon, pues decían que  todo el nylon lo usaban en la fabricación de paracaídas y otras cosas necesarias para la guerra; no se  conseguían medias, y muchas mujeres se pintaban por detrás de la pierna una raya para simular que  traían medias. Carmen mi sobrina y yo nos enseñamos a reparar medias levantando los hilos que se les  iban; quedaban muy bien, como si fueras nuevas, mientras podíamos conseguir y comprar otras, que  costaban 15 y 20 pesos; yo ganaba 60 pesos al mes en la escuela donde trabajaba, y con eso  compraba mi ropa, mis libros y pagaba mis camiones. Algunos billetes escasearon y aparecieron unos  papeles en lugar de ellos; te vendían planillas de boletos para pagar el camión, y todo era una novedad  para nosotros acostumbrados a pagar todavía con monedas de plata de 1 peso, 50, 20 y 10 centavos. 

Al año siguiente, en 1945, vino desde Estados Unidos a Monterrey otra prima de mi cuñado, Aurora  Sáenz que venía acompañada de su hermano Gilberto y de un amigo de ellos, Gregorio; los dos  hombres acababan de regresar de la guerra en Europa, donde Gilberto había pertenecido a la  compañía de soldados norteamericanos que entraron a Francia liberándola de los alemanes. Traían  monedas de por allá y nos platicaron muchas cosas que pasaron allá durante la guerra; contaban que  las muchachas, no todas pero muchas de ellas, cuando llegaban a algún lugar los buscaban luego  luego, para pedirles cigarros, chocolates, comida enlatada, etc., y luego salían juntos y tenían relaciones  con ellas, por lo que debía haber en Europa muchos niños hijos de norteamericanos y francesas,  italianas, inglesas, etc. Y lo que es la ironía del destino de cada persona, pues Gilberto murió algunos años después de un balazo, andando de cacería, un accidente que no le pasó cuando anduvo tan  expuesto en la guerra, lejos de su casa y de su familia. Dios le permitió que muriera cerca de ellos.  

El amigo de ellos, Gregorio al que le decían “Goyo” tocaba precioso el piano, y en el 45 que vinieron  había aquí en la casa un piano; mi mamá lo había comprado hacía unos meses, y hubo tardes que nos  pasamos largas horas escuchándolo tocar melodías o canciones que estaban de moda como “A través  de los años”, “Jornada sentimental” y las melodías de Glenn Miller, etc. 

Ese mismo año de 1945, Estados Unidos detona la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki  devastando ambas ciudades de las que no quedó nada, excepto ruinas y desolación. Al tiempo, se  empezó a comentar que los pilotos que habían bombardeado Japón se trastornaron pues sus  conciencias no los dejaban tranquilos por la magnitud de lo que habían hecho; miles, pero miles de  personas muertas, ancianos, mujeres, niños, jóvenes, adultos, quedaron hechos cenizas en un acto  horroroso y cruel; cabe decir aquí que los pilotos iban en misión secreta, y ni ellos mismos sabían qué  clase de bomba iban a detonar. El Presidente de Estados Unidos era Harry S. Truman, a quien muchos  consideraban criminal de guerra por ese acto. 

Pero mejor sigo con mi vida y recuerdos mejores de ese tiempo. En esos meses me preparaba para los  exámenes finales, para el término de mi carrera; tenía además que hacer la tesis profesional,  presentarla y entregar una copia a cada uno de los sinodales, que eran el Prof. Oziel Hinojosa y el Profr.  Juan F. Escamilla, Director y Secretario de la Escuela Normal. Tenía plazo de un mes para escoger  tema, desarrollarlo, pasarlo a máquina con original y cuatro copias al carbón, una para cada sinodal, y  entregarlo ya encuadernado. Escogí el tema, lo desarrollé, y terminé mi tesis, pero no tenía máquina y  además no encontraba quién la escribiera y el tiempo se iba acortando. Me acuerdo entonces de Raúl  Rodríguez, del cual sabía que ya se había recibido de Abogado. Lo estuve pensando mucho, y una  mañana durante las horas de clase en la Escuela “Abelardo L. Rodríguez”, aprovechando el tiempo que  daban para el recreo, le pido al Director prestado el teléfono y busco en el directorio el teléfono de Raúl  y lo encuentro, y así me entero de que tenía el despacho por la calle de Escobedo. Llamo, me contesta  la secretaria, le pido de favor que me comunique con Raúl, le doy mi nombre y al momento escucho su  voz; nos saludamos, platicamos y le digo que necesito de su ayuda para un favor que quiero pedirle,  claro, si él podía; me pregunta de qué se trata y le explico que necesito me corrija la tesis y luego  pasarla a máquina para luego llevarla a encuadernar; era el lunes en la mañana y yo tenía que  entregarla el viernes a más tardar. Me dice que sí, que con mucho gusto, y que le había agradado  mucho que hubiera recurrido a él. Me pregunta si puedo llevarle el trabajo esa misma tarde y le digo que  sí, que me espere. Llamo entonces a mi amiga y compañera Gloria Lozano explicándole todo, le pido  que me acompañe y ella me dice que sí. Tramito con el Director de la Escuela el permiso para faltar en  la tarde porque andaba arreglando lo concerniente a mi examen profesional y él accede. 

En la tarde, como a las 4, llegamos Gloria y yo al despacho de Raúl, y me sentí mal, apenada, pues  hacía como dos años que no lo veía; las manos me sudaban, me sentía nerviosa al recordar que sin  tener culpa, por mi causa había perdido un año de su carrera. Nos recibió muy bien, atento, educado  como siempre; le platiqué todo acerca del trabajo de la tesis y seguimos platicando un buen rato; luego  me dice que le entregue el borrador de la tesis, se lo entrego y nos despedimos, no sin antes decirme  que le llame al día siguiente antes de la una de la tarde para ver si era posible que estuviera terminado  todo el trabajo. Le dí las gracias y de ahí nos fuimos Gloria y yo a la Normal a las clases.  

Al día siguiente me voy a trabajar a la Escuela, pues el horario era de 8 a 11 y media de la mañana, y  de 2 a 5 y media de la tarde, y antes de salir le hablo a Raúl y le pido a su secretaria que me comunique  con él; cuando contesta, lo saludo y le pregunto por el trabajo y me dice “Te corregí primero la tesis, le  quité unas cosas y le puse otras, y ayer, tan pronto se fueron Gloria y tú lo hice, y lo que iba revisando se lo daba a mi secretaria para que empezara a pasarlo a máquina y trabajó hasta las 10 de la noche, y  yo me quedé hasta las 2 de la mañana hasta que terminé, así es que puedes pasar hoy en la tarde por  original y copias”. Volví entonces a pedir permiso en la Escuela de faltar en la tarde, me lo dieron y a las  3 de la tarde estábamos Gloria y yo en el despacho de Raúl; nos recibe y me entrega todos los papeles,  platicamos un poco y le dí las gracias. Le pregunto entonces “¿Qué te debo?” y me dice “No es nada, lo  hice con mucho gusto, además, para que tengas un recuerdo de mí en el examen y la graduación”, le  digo “Oye, pero para tu secretaria que trabajó horas extras…” y me dice “esas horas las pago yo…”. “No  sabes cuánto te agradezco el que te hayas desvelado haciendo este trabajo y el haberme sacado de  este problema”, contesté. 

De ahí nos fuimos Gloria y yo a una imprenta. Ella traía ya su tesis pasada a máquina y copias. Les explicamos lo que queríamos, era martes en la tarde, les suplicamos que por favor nos las entregaran  encuadernadas a más tardar para el jueves en la tarde y nos dicen que está bien, que podemos pasar  por ellas ese día. El jueves en la tarde fuimos a la imprenta a recoger ya todo encuadernado; de ahí nos  pasamos a la Normal a entregar la tesis con sus copias a la Dirección de la Escuela, y luego a clases;  habíamos cumplido con eso, y nos quitábamos un gran peso de encima. 

A la semana siguiente sería el examen profesional, el cual se desarrollaba de la siguiente manera; con  alumnos de otra escuela teníamos que dar una clase delante de los sinodales -unos días antes había  que ir a la dirección y ahí decían qué clase se iba a dar y para qué año, a fin de que uno hiciera el plan  de trabajo y buscara el material que iba a necesitar. -Yo tenía segundo año en la escuela “Abelardo” y la  clase que tenía que dar era para niños de cuarto año. Ese día del examen, una hora antes, revisé el  plan de trabajo y el material para ver si no había olvidado nada (por los nervios que traía) Llega la hora  y entro al salón; ya estaban los maestros sinodales ocupando su lugar; empiezo mi clase y a medida  que avanzaba en ella me iba tranquilizando más, pues sabía que era para calificar la enseñanza que  daba; gracias a Dios todo salió bien y terminé contenta; daban una hora de descanso para luego pasar  al examen oral con los mismos sinodales; el examen era personal, estando en salón nada más el  alumno y los sinodales. 

Entro al salón, ya estaban los Profesores, saludo y empezamos el examen. Primero era analizar la clase  que había dado para cuarto año, paso por paso del plan que había llevado, que por qué había dicho  esto y puesto lo otro, o por qué no lo había hecho, tenía que dar explicación de todo; muchas preguntas  se hacían para confundirme, para ver si yo estaba segura de lo que había hecho en la clase y por qué la  había llevado así… terminamos con lo de la clase y pasamos a las preguntas sobre la tesis,  analizándola igual completamente, que por qué había puesto esto o aquello, en qué me basaba para  decirlo… cada sinodal me hizo preguntas como durante 15 ó 20 minutos; entré al examen como a las 7  y media de la noche y salí como a las 9 y media; salgo a esperar afuera en los corredores, donde nos  juntábamos las compañeras que ya habían salido y las que estábamos saliendo del examen,  comentando unas con las otras “cómo creíamos que nos había ido”… fueron saliendo sinodales de  varios salones (los que habían empezado más temprano) mis compañeras se acercan a ellos para que  les digan cómo salieron, y les dicen que pasaron el examen muy bien y que estaban aprobadas; nos  abrazamos contentas, a las que les iban dando el resultado se iban retirando a sus casas; yo nerviosa  seguía esperando a que salieran los míos del salón; al fin salieron, se acercan a mí y me dicen que fui  aprobada, me felicitan y el Profesor Juan Escamilla me dice que mi clase y la Tesis presentadas habían  presentado muy bien. Le doy las gracias y me despido de él. Me sentía feliz, ¡feliz! de haber terminado  mi carrera, primeramente por mis padres y principalmente por mí, por haber realizado ese sueño….me  despedí de mis compañeras y salí de la Escuela; ya me estaba esperando Manuel en la esquina, me  pregunta cómo me fue, vengo feliz, le digo, me fue muy bien; me abraza y me felicita, y fuimos a tomar  el camión para irnos a la casa. Él me deja y se regresa, y en la casa me estaban esperando para saber  cómo me había ido; cuando les platico todo les da mucho gusto, muchas felicitaciones, abrazos, etc… estaba muy cansada y agotada por la tensión de todo el día, así es que me despedí, dí las buenas  noches y me fui a dormir…Saliendo de la casa al patio, luego luego había una higuera grande y  frondosa, debajo de ella puse un catre, saqué unas cobijas y ahí dormí (era junio, hacía calor y afuera  estaba fresco).  

Desperté como a las seis de la mañana, me sentía tranquila, feliz; me pareció la mañana más feliz de mi  vida, el canto de las aves en la higuera, el sol empezando a salir por el Cerro de la Silla, la paz, la  tranquilidad del amanecer, todo eso me envolvió; cerré los ojos y me dejé llevar en el maravilloso  despertar, y me quedé un largo rato así, disfrutándolo… me levanté, me bañé, me arreglé, mis padres ya  estaban en la cocina, mi mamá haciendo el desayuno; les doy los buenos días, tomo el desayuno,  arreglo mis cosas y me voy a trabajar a la Escuela. Cuando llego y voy a la dirección a firmar el registro  de asistencia ahí estaban mis compañeras maestras; al verme preguntan “¿cómo te fue?” Y les digo:  ¿”Qué, no se me vé en la cara?” Cuando les digo “me fue muy bien, aprobé”, vuelven las felicitaciones y  los abrazos, suena el timbre para empezar clases y cada quien se va a su salón. En el recreo le pido  prestado al Director el teléfono y le hablo a Raúl a su despacho y ahí estaba; su secretaria me comunica  con él, lo saludo y luego luego me pregunta “¿cómo te fue?” yo le digo “me fue muy bien, por eso te  estoy llamando”. Aprobé el examen y me fue de maravilla, estoy muy feliz”. El me felicita y yo  nuevamente le doy las gracias por haber corregido mi tesis, haberla pasado a máquina y por todo, por la  disponibilidad inmediata que tuvo para darme su ayuda cuando lo necesité, que eso se lo iba a  agradecer siempre, y él vuelve a decir que lo hizo con mucho gusto, que siempre siempre, lo que se me  ofreciera contara con él; le vuelvo a dar las gracias y le ofrezco pasar unos días más tarde por su  despacho para llevarle la invitación para el baile de graduación. 

La semana siguiente fue de actividad intensa; trabajar, ver que me hicieran el vestido para la graduación  desde escoger la tela, el modelo y encontrar costurera para que lo hiciera en una semana; conseguí que  lo hiciera la misma señora que le iba a hacer el vestido a Gloria mi amiga. Yo quería tener ya todo  preparado para ese día y no andar luego a las carreras; aprovechaba que ya no tenía clases en la  Normal, así es que en ese tiempo arreglaba mis cosas; además, a la semana siguiente mi mamá y mi  papá se iban a México a la casa de Juan Manuel mi hermano, pues iban a operar a mi papá de una  hernia, así es que yo sola andaba arreglando lo concerniente a lo mío. Mi tía Ofilia, hermana de mi  mamá, vino de Monclova para estar con nosotros el tiempo que mi papá y mi mamá pasaran en México.  Al baile de graduación me iban a acompañar Luis mi hermano y Manuel; Elena mi hermana no quiso ir.  La fiesta iba a ser en un lugar muy bonito por la calle de Padre Mier, cerca de El Obispado. Fui a llevarle  a Raúl su invitación y me dijo que no faltaría. 

Comentándole a mi tía Ofilia del noviazgo que había tenido con Raúl, le digo que todavía conservaba el  anillo que me había dado cuando cumplimos un mes de novios, y quería regresárselo pues no tenía  caso que lo guardara yo si el noviazgo con Manuel iba muy bien y hasta teníamos pensado casarnos; le  digo a mi tía “se lo voy a dar a Gloria mi amiga, para que ella me haga el favor de entregárselo a Raúl  de mi parte en el baile de graduación. Yo no lo hago porque Manuel es muy celoso y no vaya a ser que  vea mal esto y se enoje”. Mi tía me dice que no lo haga, que me quede con el anillo porque, además,  ¿quién me aseguraba que Gloria lo iba a entregar?. Yo le contesto que mi amiga tiene toda mi  confianza y estaba segura de que haría el favor que le iba a pedir. El día de la graduación, primero fue  la ceremonia en el Aula de la Normal, donde nos entregaron una constancia del término de la carrera, y  de ahí nos trasladamos al salón de baile; cuando llegamos ya había muchas de las personas invitadas,  yo le había dado el anillo a Gloria para que se lo entregara a Raúl. Al rato los veo bailando juntos, yo no  lo había visto llegar; cuando termina la parada, él se acerca a Manuel y a mí, y muy correcto y  caballeroso como siempre, me felicita y al tomar su mano la siento fría y temblorosa, en sus ojos una  mirada triste y profunda; le agradecí la felicitación y lo presento con Manuel.

Siempre hay una canción que nos hace recordar a alguna persona o nos relaciona sentimentalmente  con ella. Cuando Crisanto y yo fuimos novios, nuestra canción era “ALBUR”; con Raúl nuestras  canciones eran “Palabras de mujer” y “Solamente una vez”; las canciones mías y de Manuel eran  “Júrame” y “Altiva” que fueron con las que lo conocí, y al paso del tiempo en nuestra vida de casados  fueron muchísimas más. Menciono esto, porque ese día del baile de graduación, Raúl baila con Gloria  otra vez y quedan cerca de nosotros; la orquesta empieza a tocar “Palabras de Mujer” y al empezar la  pieza, Raúl fija sus ojos en mí como diciéndome “¿te acuerdas?”; luego se alejan de nosotros y ya no lo  volví a ver en toda la noche. Gloria me dijo después que no terminó de bailar la pieza, que le pidió  disculpas y se fue del baile. Tres días después Gloria y yo íbamos a vernos en la Escuela Normal, pues  nos habían citado a todos para los anillos de graduación y para lo relacionado con el título; yo no pude  sacar el título ni comprar el anillo. Ese día, ya más despacio, Gloria me platica lo de la noche del baile.  Me comentó que cuando le entregó el anillo diciéndole que yo se lo regresaba, él no lo quería tomar, le  dijo que me lo entregara de nuevo a mí para que lo conservara, pero ella le dijo que no, porque yo  pensaba casarme con Manuel y no tenía caso que yo lo conservara. Por eso, cuando fue a felicitarme  noté en sus ojos esa mirada triste, y seguido de eso tocan la canción “Palabras de mujer”, pues todo se  le juntó y no aguantó más y por eso se había ido. 

Los primeros días de julio se termina el año escolar en la Escuela “Abelardo L. Rodríguez” y salimos de  vacaciones en el trabajo. Manuel y yo acordamos casarnos y lo platiqué con mi mamá, a quien como  que no le agradó mucho la idea, pues yo iba a cumplir 18 años y apenas había terminado mi carrera,  pero me dijo que se lo iba a decir a mi papá. Estuvieron de acuerdo y a mediados del mes vinieron a la  casa el Ingeniero Constantino Tárnava1, un primo de Manuel y Francisco su hermano representando a  su familia, siguiendo el protocolo de pedir mi mano. El Ingeniero Tárnava y mi papá se conocían desde  antes, así que la ceremonia fue más en confianza; el Ingeniero le comentó a mi papá que conocía bien  a Manuel pues tenía varios años de trabajar con él, que era un buen muchacho, trabajador, y  responsable; eso dejó a mis padres más tranquilos, platicaron buen rato ya de otras cosas, mi papá les  ofreció unas copitas de vino, y ya para retirarse se ponen de acuerdo en la fecha en que pueden  regresar por la respuesta, quedando en que podían volver a los 10 días; Gloria, Elena y yo  escuchábamos en el otro cuarto detrás de la puerta, y a mí se me hizo poco el tiempo que les dieron  para volver por la respuesta, pero fue mejor; recuerdo que mi mamá decía que en sus tiempos, los  padres de la novia ponían a veces hasta un año de plazo para que volvieran por la respuesta. A los diez  días volvió el Ing. Tárnava y mis padres dijeron que estaban de acuerdo en la boda. Recuerdo aquí que  cuando pidieron a Gloria mi hermana los papás de su novio Encarnación, fue igual el tiempo que  pusieron mis padres como plazo para la respuesta, pero el día que dieron a mi hermana los papás del  novio le dieron a ella cierta cantidad de dinero, y cada ocho días le seguían mandando, pues decían  ellos que cuando se da a la novia, desde ese momento el sustento de ella corría por cuenta del novio.  Esa era costumbre de la familia de ellos. 

Los últimos de Julio empezamos a hacer los preparativos para la boda, buscar quién me hiciera el  vestido, comprar la tela, comprar todo lo que se necesitaba para el ajuar. Elena me acompañaba  siempre a todo; luego seguía buscar padrinos, y yo invité para el matrimonio civil al Prof. Juan F.  Escamilla y su esposa, y a mis padrinos de bautizo el Lic. Jesús C. Treviño y su esposa, y para la  Iglesia mis padrinos fueron mi tío Manuel Neira Barragán y su esposa, mi tía Ofilia Cadena, prima de  mamá. Por parte de Manuel los padrinos en lo civil fueron sus padrinos de bautizo Don Juan Rodríguez    

1 El Ing. Constantino de Tárnava era una persona muy inquieta que había estudiado transmisiones en  Estados Unidos. El 27 de octubre de 1921, el Ing. Tárnava había iniciado la primera transmisión de radio  de América Latina, y al poco tiempo inicia las transmisiones regulares de una emisora a la que llama TND  (Tárnava Notre Dame) por la Universidad donde había hecho sus estudios. Es reconocido por su importante  contribución al desarrollo de la radio en México y su esposa Doña Concepción S. de Rodríguez, y el Sr. Ciro Hernández Raudal con su esposa, y en la  Iglesia asistieron su primo Eulogio Rodríguez y su esposa como padrinos. Mis padres me ayudaron  mucho también y no se diga mi hermana Elena: conseguir la Iglesia, el salón para la boda, mi papá  pagó el banquete y la música la consiguió Manuel pues estaba bastante relacionado con eso. 

Nos casamos en una casa antigua, grande, que habían acondicionado muy bien para rentarla en bodas  y demás eventos. Creo recordar que estaba en Isaac Garza y Dr. Coss. Llegó el día de la boda, que era  sábado: el civil sería a las 8:30 de la noche y el domingo a las 7 de la mañana sería la boda en la  Iglesia; así se usó mucho tiempo, boda civil por la noche, boda en la Iglesia al día siguiente en la  mañana, y la foto de novios la tomaban después de la boda religiosa. A mí me gustó mucho mi boda;  Chelita mi cuñada vino de México y su hija Linda fue mi paje. Juan Manuel mi hermano no pudo venir  pues se encontraba fuera de México en algún viaje con Vicente Lombardo Toledano. 

Vinieron mis tías de San Buena, mis otras tías por parte de mi papá, mis primos, amigas de la Normal y varias de ellas fueron mis damas; mi abuelita Manuelita, mamá de mi papá, no pudo acompañarme  porque ya era una persona muy mayor de edad y se encontraba enferma, y tampoco vino mi tía  Margarita (a la que le decíamos tía Mar) porque se había quedado con ella para cuidarla; y en fin, tuve  el gusto de verme rodeada de toda mi familia ese día. Manuel invitó a sus compañeros locutores y otros  amigos, así como a toda su familia. La boda estuvo muy alegre, pues estaba la música para bailar,  artistas de la radio cantando, Lalo González, antes de ser Piporro, imitando a Agustín Lara y a otros  artistas, además de conjuntos de música ranchera, duetos, etc. ¡Inolvidables!… 

Nos hicimos un tiempo durante la fiesta para ir a ver a mi abuela Manuelita y a mi tía Mar, con Paco mi  primo que hizo el favor de llevarnos; les dio mucho gusto vernos, platicamos un rato y mi abuela nos dio  su bendición; le dí un beso y nos regresamos al salón que estaba como a tres o cuatro cuadras de casa  de mi abuelita. Yo bailé mucho, casi con todos, y cuando bailo con Paco mi primo me dice “¿me das  permiso de acabar el baile a balazos?” Yo pensé que lo decía en broma, y le contesto “Pues hazlo”.  Entonces, alzando la voz dice “Ya tengo el permiso de la novia para acabar el baile a balazos”, y sus  hermanos y mi tía al oír eso se le acercan pues ya andaba un poco tomado y se lo llevaron a la casa de  mi tía que vía al lado de la casa de mi abuela Manuelita para que durmiera un rato, pues tenían que  estar con nosotros a las 7 de la mañana en la Iglesia Catedral para la boda religiosa. La fiesta del civil  se acabó como a las 4 de la mañana y cada quien a su casa.  

No dormimos nada, y así, desvelados y cansados nos fuimos a la Iglesia. Ya estaban los padrinos, las  damas, los familiares y Paco muy a la línea. Entramos a la Iglesia, y al recibirnos el cura le dice a  Carmen mi sobrina, que era una de mis damas, que se cubra la espalda y el frente, si no, no entraba,  pues traía un vestido muy escotado, así que alguien le prestó un saco y se lo puso. Mi papá se enojó  mucho por esto; él era masón e iba poco a la iglesia, sin embargo nunca nos lo prohibió a nosotros;  pero les tenía aversión a los curas desde hacía tiempo debido a que cuando se iba a casar con mi  mamá fueron a la Iglesia en San Buena para arreglar todo, y cuando le dicen al cura que son primos  hermanos, les dice “no los puedo casar, va a ser difícil, y solamente se podría cortando la sangre de los  dos, y eso se hace mandando una carta a Roma para que el Papa lo autorice” “Y cuánto va a costar”, pregunta mi papá “buen dinero”, contesta el cura y en ese tiempo eran monedas de oro; pero arreglan la  cantidad y al día siguiente mi papá le lleva el dinero. Un día antes de la boda se supo que el cura se  había ido de San Buena llevándose el dinero de la Iglesia; eso a mi papá lo puso peor, pues  recordemos que mi abuelo lo había puesto a pintar toda la casa, así que a un día de la boda tuvo que  buscar otro cura y consiguió que el de la Iglesia de Nadadores los casara, pero les dejó bien claro que  eso de cortar la sangre era imposible, era como preparar café con leche y luego querer separar la leche  del café. Así que mi padre no les tenía mucha simpatía a los curas, y lo del regaño a mi sobrina Carmen  le fortaleció la antipatía.

Llegamos al Altar y nos pusimos de rodillas ante el Señor; yo estaba muy enamorada de Manuel, lo  quería mucho; cuando tenía oportunidad me gustaba mucho oírlo anunciar en la radio, me encantaba su  voz, su manera de conducir sus programas, y cuando podía me pasaba horas escuchándolo; era  maravilloso en sus programas como cantante, tenía un carácter lindo y amable, muy alegre, muy  sociable y hacía amistades muy fácilmente; sabía caerle bien a las personas y me encantaba de él su  risa, su mirada y lo cariñoso que era conmigo; siempre muy guapo y pulcro, vestía impecable, por eso le  decían “El Barón Azul”, que era su nombre artístico; por eso y más me enamoré de él y por eso lo  amaba tanto. Todo eso estaba en mi mente y en mi corazón en esos momentos al lado él, de rodillas  frente al Altar recibiendo la bendición de Dios, y al volver la cara para verlo, me envuelve con su mirada  y su sonrisa. Al terminar la ceremonia nos ponemos de pie, avanzamos por el pasillo para salir, y a la  mitad del camino escucho la voz de una amiga de mi hermana Amparo, que dice “no apagaron los cirios  de velación” (esos que prenden enfrente y a cada lado de los novios al iniciar la misa); no recuerdo  ahora quién se devuelve y los apaga, pero esta misma amiga dice que es de mala suerte el dejar los  cirios encendidos y que deben apagarse al momento que termina la misa, que algo va a pasar; yo no  creo en eso, pero pasó algo que me puso a pensar. 

De la Iglesia nos fuimos todos a la casa de mis padres, donde ya estaba preparada la mesa con el  desayuno; tamales, pastel, repostería, y las hojarascas ricas de San Buena, pero no como las que hacía  mi Mamá Lita, todo esto con un rico chocolate. Las damas, Manuel y yo nos dimos una manita de gato,  pues íbamos a la fotografía a que nos tomaran las fotos de novios; no desayunamos y aunque nos  arreglamos un poco, la desvelada se nos notaba en la cara. Paco mi primo nos iba a llevar en su carro…  en ese tiempo no había puente en el Río Santa Catarina, sino vados o sea carretera hecha en el plan  del río atravesándolo de un lado a otro; íbamos todos amontonados dentro del carro, y al bajar al vado  venía un camión de frente y en ese momento dice Paco “¿qué les parece si hago chuza con el camión?”  y una gritería fue la respuesta “!!!!!!!NOOOOOO!!!!!!!” y él nada más se rió, pero el susto sí nos lo  llevamos. Llegamos a la fotografía, allá por la Calzada Madero, ya teníamos cita, así es que luego luego  pasamos a que nos tomaran las fotos.  

Salimos de ahí y nos regresamos a la casa, llegamos y ahora sí a desayunar ricos tamales y repostería;  ya se habían retirado muchas personas, pero todavía pudimos disfrutar la compañía de mis tías de San  Buena, y de mi tía Lola, hermana de papá y mamá de Paco. Terminamos de desayunar, yo me retiro y  me doy un baño y me pongo ropa cómoda; Manuel hace lo mismo y cuando nuevamente nos reunimos  con ellos, notamos que Paco le habla a mi tía Lola y se van juntos al patio retirándose de nosotros.  Paco le habla a mi tía muy nervioso, se notaba que estaba desesperado, y veíamos que a todo lo que  paco decía mi tía movía la cabeza diciendo que no; ¿qué fue lo que hablaron? sólo ellos y Dios lo  supieron…ya al rato se despiden y se van todos, ya era domingo como las diez y media de la mañana,  Paco tenía que regresar a Monclova esa misma tarde. Manuel y yo nos retiramos a descansar un rato,  pues en la noche íbamos a salir de viaje a Tampico. 

Como a la una de la tarde nos hablan por teléfono a la casa de un vecino. Elena va a contestar y  cuando regresa venía asustada y muy nerviosa y nos dice que Paco se había matado dándose un  balazo en la cabeza, se había acostado en el sofá de la sala en la casa de mi tía y ahí se disparó… ¡No  lo podíamos creer! Si hacía menos de dos horas que se habían ido de la casa; a mi mente vino lo que  había dicho la amiga de Amparo allá en la Iglesia “dejar los cirios prendidos es de mala suerte y algo va  a pasar”. ¿Coincidencia? No lo sé. Ya no fuimos de luna de miel, pues desde la tarde nos fuimos a casa  de mi tía, donde iban a velar a Paco; ahí estuvimos toda la noche y el lunes a las 5 de la tarde lo  sepultaron. Ese mismo lunes en la mañana salió en los periódicos que se había suicidado por la novia,  pues alguien les comentó que la noche del sábado, en la boda había dicho que iba a acabar el baile a  balazos. ¿Tendría problemas? No lo sé. Mi tía fue la única persona que supo por lo que él pasaba.

Ese día especial en la vida de cualquiera persona quedó imborrable en nuestras vidas, porque junto al  recuerdo alegre y hermoso de la boda, nos dejó una gran tristeza y un enorme dolor por la pérdida de  Paco para marcar así el inicio de nuestro matrimonio.

VI – FINAL